El Costo Silencioso de Rodearte de Personas que no te Suman

Las personas de las cuales te rodeas a la larga influyen en tu comportamiento. Hay personas que no te suman y podrían estar modificando tu conducta sin siquiera tu darte cuenta. Descubre más en esta reflexión.

REFLEXIONES

6/27/20263 min read

Hay conversaciones que no olvidas... no porque hayan sido extraordinarias, sino porque algo en ellas te dejó pensando durante días, semanas, a veces años.

Una de esas conversaciones ocurrió en un contexto laboral, en medio de una jornada completamente ordinaria, cuando alguien que conozco bien dijo algo que en ese momento sonó casual, pero que era una confesión sin querer serlo.

Me dijo que había aprendido a no decir lo que pensaba, por diplomacia. Que era más fácil así para evitar dañar las relaciones. No lo dijo con tristeza. Lo dijo con la naturalidad de quien prefiere acomodarse para no perder un beneficio. Y eso, precisamente eso, fue lo que me detuvo en seco.

Pensé en lo que una persona puede llegar a convertirse cuando esta rodeada de gente que no necesariamente aporta. A esta persona le conocía por su forma directa de hablar, la claridad con la que defendía lo que consideraba correcto. Pero, algo había cambiado y yo no podía nombrar del todo, solo sentía la sensación como de una pérdida. No era la pérdida de algo que le hubieran quitado, sino de algo que ella había ido soltando, poco a poco, casi sin darse cuenta, solo para poder seguir cabiendo en un lugar que no estaba hecho para alguien como ella.

Fue entonces cuando empecé a notar ese patrón en otras personas de mi entorno. No fue un cambio dramático ni una decisión consciente de su parte. Fue gradual, casi imperceptible. Las mismas personas que al principio hablaban con convicción sobre cómo querían trabajar, qué valoraban, qué no estaban dispuestas a tolerar... con el tiempo fueron suavizando esas posturas. Fueron adaptándose. Fueron encajando.

Y el problema no era el cambio en sí... el problema era que dejaron de notarlo.

Eso es lo que nadie te explica con claridad sobre los ambientes laborales tóxicos: que no te rompen de golpe. Te van erosionando despacio, en la forma de dinámicas que se normalizan, de silencios que se vuelven cómodos, de valores que se van doblando para no generar conflicto. Y un día te despiertas siendo una versión de ti misma que no habías elegido ser.

El cerebro humano aprende por repetición y por contraste. Lo que observa como norma, eventualmente lo adopta como propio. Si el ambiente que te rodea premia la falsedad, la adulación o la indiferencia ante lo que está mal, tarde o temprano eso deja de parecerte anormal; no porque seas débil, sino porque somos profundamente sociales, y esa capacidad de adaptación que nos protege en muchos contextos, en el contexto equivocado puede costarnos la identidad.

Lo que más me ha llamado la atención no es la gente que llegó siendo así. Es la gente que llegó siendo genuina y fue cambiando solo por querer encajar. Y esto no paso por no quedarse afuera, sino por no ser la persona que siempre incomoda. Y en ese intento de encajar, fueron perdiendo algo difícil de recuperar: la coherencia entre lo que piensan y lo que hacen.

Yo no viví ese proceso de la misma manera, pero lo observé de cerca. Y esa distancia me enseñó algo valioso: los ambientes no son neutros. Cada lugar donde decides quedarte te está cobrando algo o construyendo algo. La pregunta es si eres consciente de cuál de los dos está ocurriendo.

Elegir dónde trabajas, con quién te rodeas y cuánto tiempo permites estar en lugares que van en contra de lo que eres no es rigidez ni soberbia. Es cuidado. Es la diferencia entre adaptarte para crecer y adaptarte hasta desaparecer.

Porque al final, la versión más falsa de una persona no siempre nació así. A veces simplemente se quedó demasiado tiempo en el lugar equivocado.